Bonanza económica en Bolivia y economía de base estrecha

Bonanza económica en Bolivia y economía de base estrecha

Diego Ayo
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Diego AyoDiego Ayo

Bolivia vive una situación paradójica: la enorme bonanza económica parece conducir a reproducir los rasgos de la economía de base estrecha. A pesar de tantos recursos fluyendo en la economía, las características negativas de este modelo, están intactas. Una vez que la bonanza disminuya, las cosas estarán igual, como si nada hubiera pasado.

En este artículo se parte de una tesis: a pesar de la bonanza económica de 2006 en adelante, permanece inalterable la economía de base estrecha explicada en detalle por el Informe de Desarrollo Humano del PNUD de 2005 en base a 5 síntomas. La intención es actualizar esos datos en base a 5 investigaciones sobre la economía en Bolivia auspiciadas por el PIEB.

Primer síntoma: bajo crecimiento. Hay indicios de que el crecimiento sigue siendo bajo no obstante la bonanza. Si se compara la evolución del pib per cápita de Bolivia con los de eeuu y Chile, se comprueba que la economía boliviana no sólo ha crecido lentamente de 1989 a 2009 sino que ha continuado rezagándose. “El pib per cápita boliviano pasó de representar el 50% del chileno en 1950 a un 30% del mismo en 2010”. Como correlato a lo expuesto se debe tener en cuenta que “en 20 años la tasa de crecimiento poblacional fue de 2,1% promedio, mientras que el pib (a precios de 1990) creció en un promedio de 3,8%. Se tiene entonces que el ingreso per cápita real sólo alcanzó en promedio un crecimiento de 1,7% anual, que es el más bajo de la región sudamericana”. Asimismo, durante el periodo mencionado el crecimiento del PIB fue certero pero volátil, dependiendo siempre del precio de las materias primas exportadas. Sin embargo, aun así el promedio de crecimiento fue de 3,8%, cifra que muestra la modesta expansión económica alcanzada. Ni el excepcional contexto internacional logrado en el gobierno de Evo Morales revierte esta tendencia: se alcanzó “un crecimiento promedio de 4,7% entre 2006 y 2009, cifra ligeramente inferior a lo obtenido entre 1994-1998 (4,76%)”. Finalmente, cabe mencionar que “en el horizonte de los 20 años pasados, el promedio de coeficiente de inversión fue aproximadamente de 15%, lo que no permite niveles significativos de crecimiento. Lo anterior indica que la inversión en Bolivia no se ubique en un 25%, difícilmente se va a lograr tasas de crecimiento que sean capaces de dar lugar a la transformación de la base técnico-material y a la elevación de la productividad del trabajo”. Téngase en cuenta que aunque hoy la inversión pública supera los 3 mil millones de dólares, la inversión total es siempre menor al 20%, al preservarse el divorcio entre la inversión privada y pública.

En suma, el crecimiento no es digno de remarcarse.

Segundo síntoma: alta concentración en pocos productos exportables. En principio la tendencia diversificadora anunciada por el Informe del pnud parece preservarse: en 1990 la oferta exportable de Bolivia se basaba en 185 productos, mientras que en 2009 se alcanzó un total de 1.014, lo que corresponde a una tasa de 448% de incremento. Asimismo, “el número de países de destino de la exportaciones pasó de 50 en 1990 a 106 en 2009”. Sin embargo, este talante optimista cede terreno rápidamente cuando se constata que “los sectores hidrocarburífero y minero explican casi el 50% del crecimiento económico en Bolivia” y aproximadamente 4/5 de sus exportaciones. Como complemento a ello se comprueba que las exportaciones industriales manufactureras pierden peso en la economía nacional: “En los años 90 un factor fundamental para el crecimiento del valor agregado de la industria manufacturera fueron sus exportaciones que ampliaron su participación de 6% hasta 47,4% entre 1990 y 1999. En los años siguientes las manufacturas caen y su participación en el valor agregado sectorial también –incluso en el periodo 2006 a 2009– y así llegan al 22%”. Finalmente, se constata que esta concentración en pocos productos describe la escasa diversificación de la estructura productiva departamental: “La mayoría de los departamentos estaban concentrados en 1990 en la explotación de sus recursos naturales a excepción de Santa Cruz y Cochabamba que estaban dedicados a actividades industriales y de servicios. En cambio después de un periodo de 15 años, la concentración en algunos departamentos aumentó considerablemente como en Potosí y Tarija.” En Potosí la actividad minera aumentó en un 5% llegando a tener una participación promedio del 30% mientras que en Tarija el gas participó con el 47%.

En suma, la concentración en pocos productos sigue vigente.

Tercer síntoma: baja productividad. En relación al contexto internacional: “Los indicadores de productividad muestran un estancamiento de largo plazo ya que el pib por trabajador no alcanza los 8 mil dólares estadounidenses, monto inferior al registrado en 1950. Asimismo, en cuanto a productividad e ingreso- per cápita, Bolivia es el peor país de la región sudamericana y la brecha tiende a ensancharse en vez de cerrase”. Ello consolida un círculo vicioso explicado por la ecuación existente entre crecimiento y productividad: “El bajo crecimiento económico en Bolivia se debe a un bajo crecimiento de la productividad”. ¿Por qué sucede ello? De acuerdo a lo investigado, los factores centrales tienen que ver con la falta de tecnología y capital humano más que con las condiciones físicas. Lo que en jerga económica se denomina la “productividad total de los factores” (PTF). De ese modo, “resulta- interesante constatar que la contribución de la ptf al crecimiento del pib por trabajador siempre fue más importante en comparación con la de otros factores…”. Por tanto, no resulta relevante poseer la propiedad de las empresas estratégicas si éstas de todos modos no invierten en tecnología e innovación además de capital humano. Ello significa que no es la nacionalización o la inversión extranjera directa, per se, las que generarán las transformaciones de la capacidad productiva del país. Para seguir con esa argumentación cabe reiterar que en “el ciclo reciente la disponibilidad del excedente ha sido mal asignada. La inversión pública se ha dirigido hacia los sectores sociales y la infraestructura, mientras que el apoyo a la producción no ha sido prioritaria”. Lo que lleva a afirmar que “a pesar del incremento en el gasto del gobierno no ha aumentado la productividad del trabajo, lo que ha dado lugar a un uso rentista del excedente”. Ello queda agravado en el presente a causa de la política de apreciación cambiaria adoptada por el gobierno que resta competitividad a la producción nacional. En un ejercicio de simulación, se comprueba que en un escenario de devaluación permanente el pib crece en 2,5% respecto al año base. Además se trata de un crecimiento con mayor generación de empleo. Ello pone en evidencia que la política gubernamental favorece este rasgo propio de una economía de base estrecha. Esta realidad se torna aún más crítica cuando se observa que el promedio de ejecución de 1989 a 2009 de los recursos gubernamentales destinados al “apoyo a la producción” fue de 77%.

En suma, no se dio un cambio de la “matriz productiva”. La realidad muestra que la economía boliviana transita por el sendero clásico de la matriz económica basada en recursos naturales.

Cuarto síntoma: desarticulación entre lo transable y lo no transable. Una economía de base estrecha favorece el crecimiento del sector de bienes no transables, no sólo en términos de absorción de empleo sino también en la generación de riqueza. Así, los bienes no transables que en 1980 constituían alrededor del 47% del PIB, en 2005 representaban más del 54%. Se observan 3 formas de expresión de esta realidad: primero, disminución del sector primario; segundo, poca fluctuación para la manufactura; y tercero, un auge creciente de los bienes no transables.

En el primer caso (disminución del sector primario), “se aprecia hasta 2007 que la distancia del producto por trabajador en el sector menos productivo por persona ocupada, es decir, la agricultura, es más de 50 veces inferior al del sector con mayor productividad: la intermediación financiera”. La actual política monetaria agudiza esta orientación. El aumento en las importaciones es en parte consecuencia de esta medida con el efecto de priorizar la importación de productos y no así el aparato productivo nacional. No es casual que éstas hayan alcanzado una cifra de aproximadamente 7 mil millones en 2012. Ello conduce a que los rasgos clásicos de la economía –la poca densidad de los entramados productivos y la debilidad de los eslabonamientos de las cadenas productivas– queden fortalecidos a causa de la permisividad política visualizada desde 2005 favoreciendo a amplios sectores empresariales dedicados a la importación. Además, debe tenerse en cuenta que esta importación es mayormente en bienes intermedios y bienes de consumo, a diferencia de las importaciones de 1998 que fueron principalmente en bienes de capital, reduciendo así la capacidad productiva.

En el segundo caso (poca fluctuación para la manufactura), se puede ver que este sector ha exhibido tradicionalmente un aporte de aproximadamente el 15% al PIB nacional. La inversión nunca ha estado preferentemente concentrada en este sector e incluso ha visto disminuida la inversión privada destinada a su sector de 1989 a 2009 del 26% al 18%. Asimismo, la industria que crece no es la de textiles y/o artesanías sino las relacionadas al boom del consumo: los alimentos, las bebidas y el tabaco: “Dentro del sector de la industria y manufactura, el principal subsector es el de alimentos, seguido por el de bebidas y tabaco. En 2009 ambos subsectores aportaban con más de la mitad del valor agregado del sector de la industria y la manufactura con el 35% y el 17% respectivamente”. Además, no es una industria plenamente productiva: “La composición de las exportaciones del sector industrial señala a las exportaciones de soya sus derivados y a los metales manufacturados como los rubros más importantes, pese a que en buena proporción contienen escasa transformación de la materia prima (como las tortas de harina de soya o los metales fundidos)”. A este escaso valor agregado se suma la principal debilidad: no genera eslabonamientos. Algo visto incluso en el caso más renombrado de la economía nacional: el “modelo económico cruceño”: “Predomina un escaso efecto de la agricultura cruceña en las industrias del país. Solamente existe un vínculo con Oruro y otro de corto plazo con Tarija. Ello muestra que el esfuerzo en potenciar Santa Cruz en los últimos 50 años no benefició al resto del país. La pujante agroindustria cruceña no está vinculada ni siquiera con su propia industria y mucho menos con las industrias del país.” En verdad, lo que se intenta observar es qué sectores generan “efectos de arrastre” nacional y departamental en torno a cuatro sectores: agrícola, industrial, extractivo y el resto. Los resultados para Bolivia en su conjunto no fueron muy auspiciosos, poniendo en evidencia que nuestro mercado es en realidad un mosaico desparramado de piezas poco entrelazadas entre sí. Y en ese atomizado panorama se reitera que “en Santa Cruz sólo se dan relaciones de corto plazo entre los cuatro sectores”.

¿Cambió algo de ello desde 2006? No, definitivamente no. Y eso nos acerca al tercer caso (el auge creciente de los bienes no transables). El espejismo que genera el boom de la construcción creciendo a ritmos por encima del 10% no es garantía de solidez económica en la medida, en que precisamente no se generan eslabonamientos de ningún tipo. En un escenario de simulación que imagina un descenso en los precios del gas, los más de 400 mil empleos creados por el sector de la construcción tenderían a desaparecer. Ello descontando el hecho de que el incremento en la inversión en este sector –algo que no fue frecuente durante los 90 en los que la inversión se volcó a los bienes de capital y menos a la construcción– disminuye las colocaciones en capital fijo productivo.

Esta realidad termina por hacer que una mayor cantidad de ahorro no tenga significación alguna sobre el crecimiento. Se vio que con un ahorro del 15% del pib, la tasa de crecimiento no superó más que excepcionalmente el 5%. Hoy con una tasa de ahorro del 30% sucede lo propio. Lo que deja constancia de que más bonanza, no trae necesariamente más prosperidad. En simulaciones, se calcula que con un ahorro de ese tipo, el crecimiento debería ser del 7% con un efecto claro: elevar el pib per cápita por año a un ritmo sostenido del 5%. Sin embargo eso no sucede, denotando que lo que viene aparejado con el boom no es un progreso generalizado sino una mayor dependencia de los sectores extractivos.

En suma, es evidente que este rasgo de la economía de base estrecha permanece incólume.

Quinto síntoma: persistencia de la pobreza y la desigualdad. Finalmente, es necesario remarcar que la informalidad de aproximadamente el 80% de la población económicamente activa no se ha modificado. Sí lo ha hecho el desempleo que de un 6% en 1985 pasó a un 8,3% entre 2000 y 2007 y llegó al 10,2% en 2008.

Por su parte, la desigualdad regional se incrementó: “La diferencia entre el departamento de más alto ingreso y el más bajo es de 237% (Tarija frente a Beni), cifras que refleja las disparidades más pronunciadas en 2009. Comparativamente, en 1989 la asimetría más alta se registró entre Santa Cruz y Potosí, llegando al 120%. ¿Por qué? Lo que se observa es que el boom extractivo genera mayores desigualdades. Y es que al incrementar la demanda por servicios formales y por mayor cantidad de construcciones, se empeora la distribución de los ingresos. Téngase en cuenta que en esos sectores en alza no se emplea a las personas de los quintiles más bajos. Además, sube la capacidad adquisitiva de los sectores beneficiados mencionados en detrimento de los más pobres que ven una paulatina inflación de los precios de los productos básicos.

Asimismo, la inversión social estaba por debajo de la inversión en infraestructura en el primer quinquenio de los 90. Esta inversión se revirtió la década siguiente. Sin embargo, desde 2005 la inversión en infraestructura recupera la prioridad. No es lo más recomendable teniendo en cuenta que ni la inversión en infraestructura ni la social tienen un impacto inmediato sobre el crecimiento. Ello denota una certeza muy clara: “Gran parte del excedente no se destina a la inversión productiva y a sectores con impacto sobre el crecimiento y el empleo”. Esta tesis queda corroborada cuando se observa que más infraestructura educativa, que es lo que caracteriza al periodo actual, no mejora necesariamente los indicadores de educación. Más aún: se constató que la variable de gasto social municipal promedio per cápita, orientada fundamentalmente a infraestructura (hospitales, escuelas, etc.) no es significativa en el crecimiento.

Posiblemente en ello resida la explicación de por qué la brecha de Bolivia en cuanto a ingreso per cápita con los países vecinos se amplía cada vez más, “puesto que en 1990 el promedio sudamericano del pib per cápita real era superior en 2,4 veces al de Bolivia y para 2009 lo es en 2,74 veces.”

Por tanto, los datos ponen en evidencia que el gasto en infraestructura, principalmente, sólo logra consolidar lo que es un rasgo de una economía de base estrecha: la preservación de la pobreza y la desigualdad. Los datos sobre reducción de la pobreza y desigualdad que ofrece el gobierno son reales. Las cifras muestran descensos verídicos. De acuerdo a fuentes oficiales, en 5 años (del 2005 al 2010), el gobierno del presidente Evo redujo la pobreza moderada del 60,6% al 49,6%, y la pobreza extrema del 38% al 25% de la población boliviana, lo que significa que alrededor de 1 millón de personas superaron esa condición. Sin embargo, el objetivo es comprender que restringir la “lucha contra la pobreza” a la emisión de bonos no apunta al mecanismo central de combate de este flagelo: la creación sostenible de empleos. Tómese en consideración que prácticamente el 100% del empleo rural (unos 2 millones de personas) es temporal (estacional, no pleno), informal (sin contratos de trabajo ni prestaciones sociales) y de muy baja productividad; de las personas ocupadas en las áreas urbanas (aproximadamente 2,6 millones de personas) sólo un 60% (1,6 millones) tiene un empleo pleno, y no más del 35% (1 millón) tiene empleo formal. Estas cifras muestran que la informalidad del empleo afecta a casi 3,7 millones de ocupados en tanto que el subempleo (que puede incluir varias formas de empleo temporal o de “autoempleo forzado”) afecta a unos tres millones.

En suma, la situación en relación a este quinto síntoma no parece haber sido superada.

Síntesis

Bolivia vive una situación paradójica: la enorme bonanza económica parece conducir a reproducir los rasgos de la economía de base estrecha. A pesar de tantos recursos fluyendo en la economía, las características negativas de este modelo, están intactas. Una vez que la bonanza disminuya, las cosas estarán igual, como si nada hubiera pasado.

* Politólogo y escritor.

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